POR CULPA DE JUAN

 

Este relato me sucedió hace años. Regenteaba un gimnasio de propiedad de una amiga, donde llevaba la contabilidad y manejaba al personal mientras ella realizaba otros negocios y viajaba por el mundo.

Yo andaba sin pareja hacía 6 meses y por el momento, no me interesaba liarme en una relación seria pues había quedado muy dolida y extrañando a Celia que decidió viajar a otro país para concluir sus estudios superiores en vez de quedarse conmigo. Sé que era egoísta de mi parte pero no podía impedirlo. En ese trance estaba cuando se fue llegando Bety al gimnasio. La primera vez que la vi, quedé estupefacta Me tocó el hombro y me volteé a mirarla. Ella era una hermosa morena de pelo negro y maravillosas curvas de 30 años, labios carnosos, pelo ondulado negro que libremente caía por la espalda. Me miró desde sus ojos enormes color miel y largas pestañas, enmarcados por tupidas pero bien dibujadas cejas. Yo había quedado petrificada. Esa nariz respingona se arrugaba mientras sonreía divertida. Un poco acalorada le mencioné que le había confundido con otra persona. Yo misma me ofrecí para tomar su inscripción al gimnasio, llenar su ficha, y así saber más sobre ella. Le asigné la mejor instructora y me brindé para que acudiera a mí ante cualquier inquietud durante su estadía en el local. Normalmente, yo era más sensible a la inteligencia de una mujer y su sentido del humor, que a la belleza. Pero por primera vez me dolía la hermosura de una mujer desconocida.

Venía todos los días y yo la observaba de lejos. Todo me parecía perfecto y femenino en ella: su risa, su manera de caminar, la forma en que apartaba su cabellera a un lado cuando se sentaba para colocarse los tenis… ¡uf! Punzaba entre las piernas cuando me excitaba al verla chorrear de sudor con esos pechos escotados, abultados y mojados, moviéndose en sube y baja a unos metros de mí cuando hacía sus ejercicios de rutina. Huía a ducharme con agua fría en mi oficina del gimnasio, preguntándome que demonios me pasaba. Nunca nadie me hizo sentir este magnetismo animal con tanta fuerza. Más de una vez me sorprendió mirándola embobada desde el ventanal de vidrio de mi oficina de arriba. Entonces, me sonreía y me saludaba con la mano. Yo, completamente pillada, la saludaba a mi vez y me fugaba hacia mi escritorio preguntándome qué demonios hacía la tierra que no se abría para tragarme.

A veces la pescaba en la cafetería del gimnasio. Supe que nos gustaban algunas cosas a las dos: músicas románticas, el campo, películas independientes, viajar… Un día me enseñó las fotografías que había echo, ya que le había mencionado que a mí me fascinan las fotos artísticas en blanco y negro. A mi vez, le mostré mi Cannon profesional con la cual me deleitaba tomando fotos cada vez que iba al campo de vacaciones. Descubrí que, además de hermosa, era inteligente, con un humor delirante, y con ideas por demás ingeniosas acerca de las personas. Esa mujer se estaba convirtiendo en un cóctel explosivo para mi corazón.

Al poco tiempo ya empezamos a entablar la costumbre de tomar un té sin azúcar en la cafetería para conversar. Yo procuraba de que no se percatara de que el té y su novio eran las cosas en las que no tendríamos nunca afinidad (odio el té). Sólo me preocupaba de que ella no se diera cuenta de mis sentimientos. Me decía a mí misma de que me bastaba con lo que ella me ofreciera y no quería echar a perder nuestra incipiente amistad.

Cuando venía a buscarla su novio, Juan, veía en él una mirada seria dirigida a mí que parecía divertir a Bety. Ella buscaba que él nos viera cuando se despedía de mí con sus brazos alrededor de mi cuello, dos besos sonoros en mis mejillas, y un "hasta la próxima, Marce" con esa voz tan sensual. Entendía que el montaje no era para mí sino para Juan, y como ella era más baja que yo, me vengaba tomándola de la cintura atrayéndola hacia mí y tomaba parte voluntariamente de su libreto: casi la alzaba hasta mi rostro para que se despida mejor. Lo único divertido de esto es que Juan, como la mayoría de los hombres que me conocen, se diera cuenta de que yo era lesbiana. Algunos amigos me lo hicieron saber, un poco divertidos de mi desconcierto, pero asegurándome que no tenían nada contra ello y que me despreocupara, no lo andarían divulgando por ahí. A alguna que otra amiga o conocida les confesé que soy lesbiana. Me miraban pasmadas. No sé si eran ellas las más sorprendidas que yo al confirmar nuevamente que eran los hombres los primeros en darse cuenta, y que en mi caso, funcionaba más la intuición masculina hacia mí que la femenina.

Bueno, la cuestión fue desarrollándose hasta el punto de no dejar de pensar todo el día en Bety: empezaba a enfermarme la necesidad que tenía de ella. Yo no estoy nada mal, me decía a mí misma mirándome desnuda ante el espejo de mi cuarto tratando de reconfortarme y recordando que había rechazado a muchas chicas antes, durante y después de que Celia viajó. Fue así que me dispuse a retomar las riendas de mi sexualidad, y, contra mis costumbres, en algún pub de la onda, acepté a alguna que otra chica para llevarla a mi habitación y aplacar en cada una las ansias de otra. Siempre eran chicas de pelo negro ondulado. Sé que era estúpido pero no podía evitarlo. Todo esto sólo promovía el sentirme vacía. Era más importante para mí el té que me esforzaba en tragar cada tarde frente a Bety que estos encuentros sexuales.

Un día Bety vino fuera del horario en el que solía venir y no traía su bolso de gimnasio. Era de noche y yo estaba casi cerrando el local. Como había hecho mi rutina solitaria de ejercicios, me había duchado y estaba ordenando algunas fichas de clientes para irme a casa. Sólo estábamos Lola, que es la secretaria, y Sergio, uno de los instructores, bañándose en las duchas para irse.

Entonces la veo a Bety parada frente a mí y se me caen las fichas de la mano. Parecía que había llorado. Ella se apresuró a ayudarme pero yo amablemente le dije que no se preocupara.

"Vengo a pagar mi cuenta, Marcela" me dijo desde su sonrisa. No había por qué ya que su cuenta estaba adelantada. La había pagado Juan. Sospeché que ella sabía que yo lo sabía, pero no dijimos nada, así que le abrí la puerta de mi oficina y con un gesto la invité a pasar. La situación me hizo sonreír pícaramente. "Veamos qué quiere" pensé yo tratando de no adelantar mi imaginación mientras mi corazón empezaba a desbocarse.

Noté que me miraba la boca, pero rápidamente, cambió de tema desviando la mirada hacia cualquier parte y me habló de algo intrascendente que ahora no recuerdo, mientras se sentaba delante de mi escritorio para llenar un cheque. Me quedé detrás a unos pasos de ella para observarla y calmar mi corazón.

Ese pelo ondulado, casi los sentía suaves al tacto, remerita blanca con un escote que descansaba sobre sus abultados senos, faldita, tacos, carterita al tono, y un toque de "Narcysus" perfumando mi oficina y mareándome... ¡mareándome! Para firmar el cheque se levantó de la silla. ¡No había porqué si podía hacerlo sentada! Eso me permitió comprobar de cerca que poseía unas magníficas piernas y de que mis esperanzas, elevadas con ese gesto, podrían desvanecerse inexorablemente si no hacía algo esa misma noche. Y avancé lentamente hacia ella, con intrepidez, ignorando mi temor a un "no" rotundo o a una bofetada, temblando por lo que irremediablemente iba a hacer. Casi choca conmigo cuando se volteó para entregarme el cheque. Nos miramos directamente a los ojos, ni siquiera me di cuenta en qué momento ya la atraía por la cintura hacia mí. Quiso protestar, pero no le salía la voz y suavemente me empujó hacia atrás tocándome accidentalmente mis senos sin sostén con los pezones como piedra, soltando el cheque que cayó al piso. Trató de esquivar el rostro para evitar el beso. Entonces, sin soltarla, bajé hasta su cuello libre y fragante y me deleité en ellos. "Pará" me dijo suavecito sin ninguna resolución. Yo notaba su temblor más poderoso aún que el mío. Subí por ese cuello con los labios entreabiertos y la respiración calentísima, bordeando lenta pero apretadamente su mandíbula para que esta vez no me pueda evitar. Me sentí en la gloria al aproximarme así a esos labios y percatarme, por su agitada respiración y su paulatino aflojamiento, de que ya no encontraría resistencia. Así, los alcancé por fin con ese beso que le llegó suave, justo a la inversa de la presión con que la abrazaba.

Aunque la mantenía apretada a mí, mis labios no se crispaban alrededor de los suyos, sino que, mansamente, empecé a masajearlos con los míos en un movimiento circular hasta que ella entreabrió más la boca. Respiramos unos segundos del calor pesado de nuestros alientos y acepté la invitación penetrando muy lentamente en su boca, recreándome adentro hasta encontrar su lengua. Sentí que sus manos apretaban mis senos. Su temblor empezaba a agitarla cuando levantó los brazos, me rodeó por el cuello y me apretó más hacia su boca tomándome de la nuca, convirtiendo ese beso en profundo, infinito, eterno, sensual.

Yo sentía su respiración estremecida y ruidosa, ya sin disimulo, que me calentaba toda la cara con su fuego interior. Me tomó al fin con ambas manos el rostro y, separándose un poquitito de mí, me advirtió con los labios temblorosos, mirándome: "Será mi primera vez… con una mujer" confesándome con ello su intención. Y me besó nuevamente.

"No tenés que hacer nada. Dejáme a mí hacerlo", me salió con un suspiro, pues casi no podía hablar del jadeo.

"¿No entrará nadie?" preguntó preocupada y sofocada en mi oído izquierdo.

"Lola sabe que si cierro la puerta nadie debe entrar", le aseguré mientras la conducía suavemente hacia el sofácama, sin preocuparme de echarle llave a la puerta.

Estábamos aún paradas, cuando ella se volteó frotándome su espalda contra mis senos y su colita contra mi pubis, mientras yo me entusiasmaba con su nuca..., cuello...., oreja..., hombro. Ella se volteó un poco para besarnos en la boca. Mis manos tenían una conciencia propia estrujando lenta pero firmemente sus senos para luego bajarlas gradualmente por la cintura y el abdomen. Alcancé el cierre de su falda y ésta se deslizó al piso. Se dio la vuelta y nos desvestimos mutuamente en forma lenta. Se detuvo a mirar y tocar mis senos suavemente, casi diría con una mezcla de curiosidad y devoción.

Le levanté el rostro y me aproximé más a ella para besarla y sentir sus senos diluyéndose en los míos y clavándose con nuestros pezones endurecidos. Sin parar de besarla, la acosté en el sofácama. Su cuello y sus hombros me embriagaban con su perfume. Besé todos los dedos de sus manos, metí la lengua entre sus finas falanges, y me entretuve en esa palma suave. Los vellos de sus brazos se erizaban en mi húmedo viaje y sentí el estremecimiento de Bety al posar mis labios y lengua en su axila. Cuando alcancé sus senos, me di un tiempo para rodearlos con la lengua lentamente, mientras ella trataba de apuntar su pezón endurecido hacia mi boca. Pero yo me recreaba negándome a chuparlos, deleitándome por los alrededores y sin hacer caso de sus mudos ruegos ni de mis ansias. Estaba subiendo desde su abdomen hasta los senos otra vez y decidí que esta vez tomaría el trofeo. Por eso, sentí que me elevaba cuando mi boca alcanzó por primera vez aquellos pezones. Primero los probé lentamente con la lengua y luego, de golpe, con toda la voracidad permitida. Entonces Bety dejó escapar fuertemente un gemido, el cual había estado reprimiendo para que no se escuchara.

Mis dedos se introdujeron suavemente entre los labios de su vulva y masajeaban sin prisa resbalando fácilmente por la humedad con que me recibían, sin que yo dejara ese seno cuya aureola casi se juntaba con todo el duro pezón. Luego, cuando los movimientos de su cadera se aceleraron, la penetré y ella lanzó un gemido bajo pero visceral. Lo hice primero con dos dedos, y luego metí otro. Puse los tres dedos juntitos y pegaditos, como tomando la consistencia de un pene, y dirigiéndolos más directamente hacia el punto G, pero de tal manera que afuera, masajeaba su clítoris con mi dedo pulgar.

Sus jugos ya hacían ruido con mis acometidas lo cual me estimulaba poderosamente mientras la besaba de nuevo en los labios, lascivamente. Después de un tiempo, aceleré los movimientos de mi mano, casi golpeándola con cada penetración. Bety se soltó de mis labios y, con los ojos cerrados, se olvidó de disimular sus ruidosos suspiros mientras me comprimía con más fuerza contra ella y movía enloquecida sus caderas. Tuvo un orgasmo violento que derramó en mis manos generosamente su placer y en mis oídos sus jadeantes gemidos.

Abrió lentamente los ojos y me miró como interrogando algo. Yo estaba excitadísima pero me contenía. Quería, en un sacrificio supremo, entregar esta noche a Bety. Le sequé el sudor de la frente con mis labios y me sonrió. Quiso decirme algo y no la dejé terminar. La besé temiendo que quisiese irse ya. No quería que se fuese nunca.

Tenía que darle tregua a mi dolorido brazo derecho. Yo le sonreí e inicié un apasionado recorrido con mis labios y lengua, hasta llegar a su pubis depilado pintando con besos húmedos las ingles y la cara interna de los muslos. Levanté sin contemplación su nalga poniendo debajo una almohada y le abrí más las piernas para exponer mejor sus partes húmedas y colocarme cómodamente entre ellas abrazando sus muslos mientras ella mantenía las rodillas dobladas. Al tocarla con mi lengua, ella casi se incorpora dando un respingo por lo sensible que estaba, pero atenazándola fuertemente con mis brazos por los muslos, la retuve sobre la almohada que ya empezaba a untarse con su gel, y la empujé con una mano por el abdomen, suave pero firmemente, para que se tendiera nuevamente. Pasé mi lengua de arriba abajo muy suavemente para tranquilizarla. Ella empezó a jadear nuevamente. No quedó ningún rincón o pliegue que no recorriera y luego le penetré con ella su vagina. Bety lanzó otro gemido más fuerte entre sus jadeos mientras hundía sus dedos en mi pelo apretándome la cara contra ella al tiempo que yo movía mi lengua. Cada minuto que pasaba quería que fuese eterno. Cuando noté que su orgasmo estaba próximo, saqué mi lengua y la dirigí al botón del clítoris que ya estaba enrojecido. Lo besé suavemente y luego empecé a chuparlo suave y cuidadosamente. Metí de nuevo mis dedos en su vagina y mientras me movía allí, y con otro dedo de la otra mano, masajeaba alrededor de su anito aceitado por sus líquidos, presionando poco a poco. Cuando ya no encontré resistencia en el esfínter, introduje el dedo hasta la primera falange, luego más profundamente. Inicié un mete y saca, todo en conjunto, mientras no soltaba su botoncito. Me sentía loca por esa mujer. Bety casi ya gritaba, lo que hizo acelerar todos mis movimientos. Habíamos perdido el juicio. Al poco tiempo, ella arqueó la espalda y, casi incorporándose en la cama, abrió la boca exageradamente, se puso roja y las venas de su cuello saltaron. Parecía que quería gritar y no podía como si una mano atenazara la garganta, hasta que soltó un ¡Aahhhhh! como una gran explosión interna, y una serie de gemidos y espasmos incontrolables le siguieron mientras se retorcía y me tomaba de los pelos hasta hacérmelos doler, sin permitirme despegarme ni un milímetro de su sexo.

Se quedó laxa dramáticamente con los ojos cerrados, la boca entreabierta, procurando tomar aire como podía.

Unos tímidos golpes a la puerta me desconcentraron un rato. "¡Fueraa!" grité advirtiendo con ello que nadie entrara porque lo asesinaría. Era mi secretaria avisándome que ya se iba a su casa, Sergio ya se fue y que llavearía la puerta al salir. Yo sólo tenía conciencia de mi apremiante necesidad, litelarmente no aguantaba más, y alcancé el velador al lado del sofácama donde guardo un dildo, de esos que se atan a la pelvis.

Al ver que, casi con torpeza y celeridad, yo me ataba el pene de goma a mis caderas mientras la miraba lujuriosamente y respiraba con dificultad por la boca, Bety, empinándose por los codos en la cama, me advirtió con un ronroneo un poco sobresaltado "Estoy todavía muy sensible ahí". Me arrodillé frente a sus piernas entreabiertas y la miré desafiante. Bety lo entendió, se echó más para atrás y con los ojos cerrados, abrió más las piernas para recibirme. El dildo, que no era muy grande, entró lentamente y sin dificultad dentro de ella. Empecé suavemente a moverme en círculos, pero profundamente, como para estimularme yo también con el roce, mientras nos mirábamos. Ambas habíamos llegado de nuevo al punto del no retorno en la lujuria; jadeando, nos mirábamos vorazmente. Sacaba casi completamente el pene de goma con cada arremetida, de tal forma que, cada vez que lo volvía a meter, la cabeza de látex tenía que volver a abrirse paso separando nuevamente los labios en su ingreso hacia la vagina. Bety cerró los ojos, llevó su cabeza para atrás, y me transportó con ella hasta ese cuello húmedo de sudor que bebí sin continencia. Embestí y embestí, lenta pero rítmicamente sin detenerme, controlando mis ganas de hacerlo más rápidamente. Se sincronizaron nuestros movimientos y nos movíamos en forma lateral, en círculos, horizontal. El movimiento de sus caderas era sencillamente magistral. Sus piernas, enrolladas en mí, me comprimían hasta el dolor, que lejos de inmovilizarme, me enloquecieron más aún. Así, después de un tiempo, desaté todas mis ansias. Ahora era yo quien lanzaba los gemidos más fuertes que los de Bety. Me volví loca acelerando mis movimientos, y casi desfalleciendo recibí nuestros orgasmos, el mío y de Bety, que esta vez lo propagó entre llanto, gritos y arañazos muy fuertes en mi espalda, los cuales casi ni los percibí de tan monumental orgasmo que había sentido, anunciado entre espasmódicos gemidos de mi parte.

Aflojando la presión con la que nos comprimíamos, me desvanecí por unos segundos encima de ella. Nunca supe si eran mis lágrimas o las suyas las que bañaban nuestros rostros. Yo permanecía muda, no por tímida, sino porque estaba completamente sorprendida. No quería soltarla, no podía soltarla. La mantuve abrazada a mí todo el tiempo, tratando de calmar nuestros cansancios. No quería pensar, pero sabía que ahora estaba más enamorada aún de una chica con novio. Luego, despegándome un poco, la miré y le revelé con un susurro "No puedo creer que estés aquí". Yo no quería romper el encanto de su mirada en la mía, mientras con sus manos iba secando mis lágrimas. Me miraba con desconcierto, un poco llorosa aún, como temiendo hablar. Me dijo finalmente "No sos la única incrédula aquí, nunca en mi vida sentí hasta este punto". Aproveché lo que dijo para responderle "Yo sé lo que siento. No sé si te pasa lo mismo". Se mantuvo callada mirándome, así que me recosté en su hombro. No estaba segura de querer oír lo próximo que diga. Al fin, preferí besarla. Bebí sus lágrimas y su sudor llenándole el rostro con besitos suaves.

"Es por culpa de Juan", me confesó por fin. "Me metió en la cabeza que vos eras una maldita lesbiana, que me perseguirías, que tuviera cuidado. Yo le aseguraba que ni ahí estaba, que yo no soy ninguna pervertida, que esas cosas son asquerosas. La verdad, lo decía francamente, o eso al menos pensaba yo. Pero como él insistía, fue avivando mi fantasía contigo, y lejos de sentir rechazo hacia vos me fuiste atrayendo cada vez más poderosamente. Cuando le dije a Juan que venía para acá para hablar contigo sobre lo que me pasaba, me llenó de toda clase de ofensas. Fue muy triste. Todo esto no lo planeé. Yo sólo sé que no puedo dejar de pensar en vos. Mirá, hace días que no duermo por tu culpa". Me sonreí al decirle "Parece que nos agarró el mismo tipo de insomnio".

Ya más relajada, tomó la iniciativa de besarme fuertemente en la boca tomándome del rostro y luego agregó "ahora ya no sé si el mundo va al revés". Me reí de su ocurrencia. "Sólo sé que no me importa nada y solo quiero estar contigo" dijo besándome nuevamente.

"Mi cielo, quiero tocarte. La verdad es que quiero hacer el amor contigo toda la noche" me dijo despacito en el oído. Con una sonrisa, le demostré que no me oponía a la idea. "Ese pensamiento lo tengo desde que te vi", le susuré. Se puso encima mío y empezó a besarme y a acariciarme. Esas ventosas húmedas y calientes de sus labios parecían sacar jirones de mi alma desde mis pezones. Me volteó un rato, me desató el pene de goma y me miró pícaramente sentada sobre mis caderas exhibiendo y sosteniendo el aparato por las correas. "A algunas chicas les gusta" balbuceé a modo de explicación. Me miró sonriendo, y arrojó el dildo al piso. "Hoy vamos a permitirlo todo", me dijo, y con un gesto posesivo que me encantó, colocó una almohada bajo mis glúteos y lentamente me abrió las piernas. Se colocó arrodillada entre ellas en forma de tijera mientras yo doblaba las rodillas para instalar y acoplar mejor a Bety. Se tomó su tiempo para abrir con los dedos su sexo, y yo hice lo mismo con el mío mientras ella se sentaba cómodamente sobre él como en una silla a caballo. Yo ya estaba en otro mundo cuando ella inició un lento movimiento mientras nos acariciabamos los senos. Se me secó la boca cuando se aproximó para besarme diciendo entre susurros "estoy loca por vos Marce. Enteráte ya. ¡Y no te voy a dejar ir". Y nos besamos maravillosamente y de la manera más indecente por partida doble, arriba y abajo.

    

 
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