A medida que mi lengua ejercía su trabajo su respiración se hizo más fuerte y agitada, hasta que un grito y un intenso caudal de jugos que llenaron mi boca me indicaron que tuvo un orgasmo. Por fortuna, y gracias a la vela que había permanecido en mi ano, mi agujerito ya estaba dilatado, así que las embestidas no fueron tan traumáticas. Sus salidas coincidían con gemidos de placer. Su misma timidez provoca que su jefa abuse de ella, dando por resultado que ella se sienta más aplastada cada día. De pronto me dio un empujón que hizo que cayera al suelo. Suéltame Sara, y esto no pasará a mayores – le dije fingiendo terror en mi miradaNada de eso, zorra maldita – me gritó. |