Mis labios cerrados se rozaron contra su entrepierna. Aun no se reponía cuando escuchamos el timbre. Hugo sacó su pene de mi boca y yo empecé a tragar mi dulce manjar. Por fin, al tercer intento, pude jalar la cuerda y un chorro de agua helada cayó sobre mi, pero por lo menos, apagó la vela. Hugo se acercó a mi y, desabrochándose el pantalón, arrastró mi cara hasta su verga. Enmendé mi error, y aunque mi lengua siguió procurándole el mayor placer posible, mi actitud era de rechazo. |