La furcia también parecía entregada al delirio de la carne, pues inhalaba aire y se estremecía con el desgarro de una parturienta. Me hallaba recostado contra la pared acristalada de cierta sucursal bancaria, junto a un cajero automático externo. Uno de los componentes estaba obligado a sumergirse por completo en el agua, lo que le forzaba a aguantar la respiración. Aquel acto improvisado pareció gustarle sobremanera pues se dejó hacer sin oponer resistencia. Pasé la punta de la lengua por su vulva con más voluntad que acierto, sintiendo de cuando en cuando el rasposo contacto con el musgoso pelo de su pubis. Un espejo me reveló que tenía unas ojeras de estudioso y el aspecto desaliñado y transnochado de un idealista. |