Su falo liberado saltó como un resorte. Una sonrisa irónica dejaba ver su blanca dentadura. Parados donde estábamos me alzó con sus fornidos brazos y me penetró. Su cara reflejaba lo mucho que le gustaba. Hundió su caliente boca y se apoderó de mi conchita como nadie antes (¡Qué manera de hacerme acabar!)… bebió hasta la última gota que mi vagina le entregó. Minutos más tarde llamé a Gustavo y me daba ocupado… dejé pasar un rato y volví a intentar; y ya esa vez, con más suerte, me atendió. |