No hice movimiento alguno y dejé que las gotas rezumaran. Me agachaba sin flexionar las rodillas para abrir el compartimento del papel, con lo que mis ricas nalgas quedaban en exposición. Sequé como pude la blusa, pero los sostenes estaban húmedos de zumo, así que procedí (pícaramente) a sacármelos y ponerme la blusa sin sujetador. Aquello me excitaba, me excitaba saberlos encelados conmigo, deseándome y yo inaccesible, coquetear y excitarlos pero sin llegar a más. Con el paseo hasta la impresora ya me humedecía. Yo seguí con mis copias en un tenso silencio por parte del resto de la oficina, y ya iba a desfilar hacia mi puesto cuando Juan salió del baño. |