Para servirla. Mejor me callo. La cosa iba más o menos bien por ese camino; iba más o menos bien hasta que Doña fea decidió colocar su enorme trasero estampado con una gran variedad de granos sobre el rostro de Fernando. Nunca oí salir de sus labios palabra malsonante ni improperio alguno, a excepción de esa inocente frase que tanto repite usted, en la que se defeca en no sé que parte de su cuerpo. Completamente ido, pensando que cogía el vaso, agarró al pobre gatito —el desgraciadito se había subido en aquel fatídico momento en la encimera y restregaba la suave pelusilla de su cuerpo con el vaso— y lo metió en el microondas. —No. |